Ascendí esta montaña por primera vez el 31 de mayo del 2011. Bastante arriba ya, perdí el rastro del sendero y subí recto por un sitio lleno de piedras. Me hundía en la pedredra, me costaba avanzar una barbaridad. Al final, después de muchos esfuerzos, llegué ante una pared de roca insalvable. Unos doce metros que intenté escalar, pero en vano. Lo volví a intentar un poco más lejos con la esperanza de que me fuera mejor pero nada, tuve que abortar el intento una vez más, con la dificultad añadida del destrepe. Una vez al pie de la roca, un poquito más lejos, por fin, se me presentaba un paso mucho más fácil de transitar, el cual me permitía seguir con la deseada primera ascensión de lo que iba a ser mi montaña favorita por su cercanía y su belleza.
Ya me faltaba menos para llegar a la cumbre. Después de la casa en ruina, la Casa del Polset, quedaban tan solo unos metros, cosa que ese día desconocía. A pesar de la lluvia que me cayó encima durante la mitad de la ascensión, estaba feliz, empapado pero feliz. Fue el primer paso hacia objetivos más ambiciosos.
Hoy, día 9 de mayo de 2012, casi un año después de subir el Cabeçó por primera vez, puedo decir que no me he cansado de esta montaña tan bella. La he subido una cantidad de veces y tengo una coleccion de fotos impresionantes, tanto de puestas de sol como de mares de nubes.
Hoy, día 9 de mayo de 2012, casi un año después de subir el Cabeçó por primera vez, puedo decir que no me he cansado de esta montaña tan bella. La he subido una cantidad de veces y tengo una coleccion de fotos impresionantes, tanto de puestas de sol como de mares de nubes.
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